Fuente: El Nuevo Siglo
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CON apenas un día de diferencia, dos actuaciones de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. La del Auditorio Lozano Simonelli se fue al traste por cuenta de los disparates de RTVC, mientras que la del Mambo-Filarmónico fue eso que llaman un Suceso. Veamos

El concierto de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, la noche del pasado viernes 25 de noviembre, ameritaba salir en medio del aguacero que, cosa rara, caía sin clemencia sobre la ciudad.

Lo ameritaba porque se interpretaría una cumbre del repertorio italiano del s. XIX, las 4 Piezas sacras que, Giuseppe Verdi escribió al final de su vida, cuando trabajaba en Otello, su penúltima ópera. Concebidas independientemente, el Ave Maria, Stabat Mater, Laude allá vergine Maria y Te deum, desde la edición de Ricordi, se interpretan en ese orden, no el cronológico, como una especie de ciclo.

En la plenitud de su arte, dice Verdi, Torniamo all’antico, sarà un progresso!, Volvamos a lo antiguo, será un progreso; su insaciable sed de conocimiento lo ha llevado a estudiar el contrapunto antiguo, profundizó en la Misa en Si menor de Bach y en las de Palestrina, su compatriota. De esa reflexión nacen los Quattro pezzi sacri que la orquesta, con participación del Coro Filarmónico y dirección del titular Joachim Gustafsson interpretarían, tal parece, de manera profesional por primera vez en el país.

Era un concierto destinado a dejar huella.

Sin embargo, no fue suficiente la impecable organización del evento por cuenta de las directivas del Auditorio Fabio Lozano Simonelli, ni la preparación que, para el Coro Filarmónico juvenil, debió representar la puesta de las cuatro piezas, relativamente breves, pero sumamente difíciles, porque la RTVC, Radio Televisión Nacional de Colombia, se encargó de arruinarlo todo. Les pareció muy fácil a los de las luces -que no luminotécnicos- colgar reflectores del barandal de la galería del auditorio, dirigidos a los ojos del público.

Cuando empezó el concierto, las dichosas luces, ni se apagaron ni bajaron de intensidad. En esas condiciones la orquesta recorrió el Preludio, Preludio al acto III y Liebestod de Tristán e Isolda: entre lo inadecuado del auditorio, -más idóneo para música de cámara que para gran orquesta- y las luces de RTVC, la experiencia wagneriana fue todo, menos grata.

Por eso, apenas anunciaron un intermedio de 15 minutos, mejor abandonar, en medio del aguacero, el auditorio. Un mal chiste de RTVC.

La mañana contemporánea

El que consiga explicar cómo reacciona el público de Bogotá merece un galardón.

Porque en las dos últimas ediciones de la temporada del Mambo-Filarmónico, las que se llevaron a cabo en el Auditorio de los Acevedo del Museo, la respuesta del público fue discreta.

En cambio, la mañana del domingo 27, cuando de nuevo el concierto se realizó en las salas del museo, es decir, entre las obras de arte, la respuesta fue, de nuevo, masiva. Como de costumbre, el público ocupó por completo la silletería, luego se fue deslizando hasta copar por completo la sala Obregón del edificio.

Para qué engañarnos. Es así como resulta más inspiradora la experiencia de la música contemporánea. El público parece saberlo.

Las entidades culturales, las del orden nacional y las distritales, tendrían que darse una pasada por el Mambo-Filarmónico para tomarle la temperatura cultural a la ciudad: el auditorio es, en su inmensa mayoría, joven, a pesar de que se trata de eventos de entrada gratuita, nadie abandona el recinto durante el concierto y muy al contrario, entre obra y obra permiten el ingreso. No menos importante, la llamativa ausencia del supuesto establecimiento cultural y, por supuesto, la del jet-set criollo, que es tan divertido.

Bien, el programa fue para cuatro compositores colombianos, tres de ellos presentes. Al centro de la Sala Obregón, anunciaba el programa, una “fusión de grupos de cámara de la Filarmónica de Bogotá y sus agrupaciones juveniles” bajo la dirección de Rubián Zuluaga.

En primer término se oyó Tequendama de Luis Pulido. Podría decirse, se trata de una composición de plena madurez. Aparentemente, Pulido, en este momento de su carrera, no busca ni pretende demostrar nada; muy por el contrario, renuncia deliberadamente a recurrir a toda suerte de efectismos. Tequendama, que en palabras de su creador plantea una visión por momentos desencantada de la famosa catarata, se oye envuelta entre una niebla sonora que, de tanto en tanto se disipa y permite ver, a veces de cerca, otras a distancia, el espectáculo de imágenes y sonidos. La estructura sugiere destellos fugaces de música que el compositor bogotano hilvana con increíble destreza. Zuluaga y la orquesta lograron comunicar todo ese conjunto de sutilezas.

Enseguida Chant silencieux de Laura Pacheco. Una composición juvenil, extrovertida; la compositora revela una búsqueda de espacios sonoros sin escatimar en la exploración del color, entre otras, por el atinado recurso de técnicas instrumentales no convencionales, especialmente en las cuerdas: su Chant silencieux es interior y se expresó con plenitud por los intérpretes.

Vino enseguida Cacería del tigre de Héctor Fabio Torres, único de los compositores ausente en la sala. Otra composición brillante, determinada por el recurso rítmico incesante y, claro, una vez más búsqueda del color. La batuta de Zuluaga logró comunicar la fogosidad de la partitura al público.

Cuarta y última obra de la mañana, Ilusión primitiva de Natalia Camargo. De las obras oídas a lo largo del concierto, la evidentemente nacionalista, por los ritmos insistentes utilizados. Interesante organización de las voces, en la primera sección, frases encomendadas a 2 violas, después pasa la responsabilidad a 2 violines, enseguida, como en un canon, a 2 violoncellos.

En el episodio central, intervenciones amenazantes del contrabajo, para el final ritmos incesantes, el atinado manejo de la percusión en una atmósfera festiva con atavismos de danza.

Buen trabajo de los músicos y del director Zuluaga. Desde luego de los aplaudidos compositores.

Ameritó el aguacero y grata la no presencia de RTVC.